La carne en el punto de mira: unos ganarán, otros perderán

Por: <br><strong>Carlos Rodríguez</strong>

Por:
Carlos Rodríguez

Y en todo este ambiente y contexto anestesiado y distorsionado, nos van llegando mensajes milimétricamente dirigidos y orquestados por no muchas manos en contra o a favor de determinadas creencias.
Por: <br><strong>Carlos Rodríguez</strong>

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Carlos Rodríguez

Hace años, realmente no muchos, que la carne empezó a verse sometida a ataques, críticas y, lo más preocupante, mentiras. O en el mejor de los casos verdades a medias, que a fuerza de repetirse están instalándose en la mente de la sociedad. Y lo que es aún peor, sembrando en las nuevas generaciones una mala prensa que será muy difícil, por no decir imposible, revertir.

Es obvio que debemos tener una conciencia ambiental, pero también moral, ética y en general de respeto hacia los demás y a la naturaleza, y en esto hemos avanzado, aunque sea de forma desigual.

Porqué ha triunfado la opinión negativa contra la carne

La globalización, las nuevas formas de “relación” como las redes sociales, y en definitiva la desinformación que paradójicamente puede llevar aparejada esta nueva sociedad, es peligrosa. Leemos en diagonal, vemos solo los tuits, y los titulares de la prensa, con lo que la superficialidad se ha adueñado de la realidad, nos puede llevar a un mal diagnóstico y por tanto a soluciones inadecuadas.

Esta situación no es de extrañar porque ya no tenemos tiempo para lo importante. Hay que consultar el Whatsapp, el correo electrónico, Facebook, Tik Tok, Instagram, nuestra agenda, el tiempo exacto que va a hacer el fin de semana, las calorías que he gastado hoy, el próximo reto, y cuántos fans he conseguido en mis redes, entre otras muchas tareas.

Y en todo este ambiente y contexto anestesiado y distorsionado, nos van llegando mensajes milimétricamente dirigidos y orquestados por no muchas manos en contra o a favor de determinadas creencias. Los cuales, quieras o no, te vas a creer, a no ser que tengas realmente información y formación. Si no es así, podrás formar parte, nunca mejor dicho, de un rebaño que repite sistemáticamente los mismos mensajes que recibes en tus diferentes dispositivos.

Cuántas veces escucho hablar y discutir de forma acalorada en distintos medios a periodistas, comentaristas y tertulianos sobre gases de efecto invernadero, cambio climático, explotación ganadera, metano, que no tienen una mínima formación en estas áreas de la economía y de la ciencia. El problema es que su mensaje llega, y cuando un “influencer” que tiene cientos de miles de seguidores dice A, la mayor parte de sus fans dirán también A. 

A mí me enseñaron que quien debe hablar e influir en la opinión de determinadas áreas de conocimiento es el que tiene ese conocimiento. Dudo que alguien me llame para opinar de física cuántica, porque desde luego no soy un experto. Parece sencillo ¿no? Entonces ¿por qué nos dejamos influenciar por opiniones de personas que no tienen la autoridad del conocimiento sobre lo que hablan?

Desgraciadamente hay muchos ejemplos de este hecho, como por ejemplo aquellos líderes de opinión que en pandemia, la han negado y la siguen negando, con las consecuencias tan graves que nos podemos imaginar pueden tener estas conductas.

Un punto de no retorno

Pues bien, a día de hoy podemos afirmar que el debate sobre la carne y su impacto sobre el medioambiente es un hecho con el que conviviremos en el futuro. Así como con el resto de sus derivaciones, vertientes nutricionales y efectos sobre la salud, ética por el sacrificio animal, y desarrollo de posiciones anti-carne como la vegana.

De nada sirve que la OMS quede en ridículo con informes en los que compara, en cierta medida, el jamón ibérico con el amianto. Da igual. Lo olvidamos todo, menos los ganaderos, empresarios y trabajadores que viven de este importante sector, y que ven como sistemáticamente son sometidos a barbaridades en los medios de comunicación por intereses que, afortunadamente, van saliendo a la luz pública.

Es más, hablando virtudes nutricionales mezclamos especies, cortes, usos culinarios, etc. Como decía al principio nos encantan los titulares y hablamos de la carne comparando nutricionalmente una loncha de bacon, con un filete de ternera o una pierna de cordero lechal.

El parecido de estos productos es como el de un huevo a una castaña en sus nutrientes, pero habría que detenerse, leer y documentarse, y eso precisa tiempo y análisis. Como apuntaba, no tenemos ese tiempo porque tenemos que contestar en nuestros perfiles de redes sociales y darle likes de forma convulsiva a estos mensajes invasivos y descontrolados.

Damos un paso más allá, y en vez de disfrutar del titular del partido, si se me permite el símil, que es la carne fresca, nos compramos el sustitutivo, y preferimos al que está en el banquillo, es decir un batido de proteína.

¿No será más lógico comer el original? Es decir, el producto que aporta un excelente contenido proteico, con todos los aminoácidos esenciales, hierro, zinc, vitaminas del grupo B, y un largo etcétera. Parece que nos gusta más, o es más trendy, lo sustitutivo, los productos falsos, los que imitan. En mi opinión es un retroceso cuando esto no genera beneficios a la sociedad y nos quedamos en la superficialidad.

Y es que somos tan ingenuos que nos creemos que podemos cambiar en unos años la evolución del ser humano, y no le damos importancia a que somos seres omnívoros y más bien carnívoros a poco que observemos cómo somos externa e internamente. Y más si nos fijamos en que tenemos la visión frontal como los depredadores, una dentadura diseñada para comer carne, entre otros alimentos, y un intestino grueso y delgado diseñado también para tal fin.

¿Es la defensa del medioambiente la coartada perfecta para iniciar un nuevo negocio que precisa cambiar nuestra dieta tradicional?

La realidad es tozuda, y en dietas como la española, donde la carne es un alimento habitual, nos permite tener una de las mayores esperanzas de vida del mundo. Pero eso no resta ataques ni exageraciones sobre el efecto negativo de la carne en la alimentación humana. También desde hace unos años la cruzada va contra la producción ganadera y los gases que genera en el calentamiento global. 

Podríamos citar cientos de estudios que demuestran una cosa y otros que van en otra dirección, pero lo que sí es indiscutible es que se está construyendo un lobby anti-carne, cuyo exponente más destacado es Bill Gates.

El multimillonario ha invertido de forma importante en compañías de carne artificial. No se queda ahí y afirma que presionará a los gobiernos para que regulen el mercado.

“Las naciones ricas deberían pasar a la carne 100% sintética», ha afirmado con rotundidad Bill Gates en una entrevista en MIT Technology Review, con motivo de la presentación de su nuevo libro «Cómo evitar un desastre climático«.

 “El rey del cultivo” como ya se le apoda por ser el mayor propietario de tierras en Estados Unidos, tiene un objetivo claro y es iniciar una guerra contra la ganadería, con la excusa de su efecto nocivo sobre el medioambiente.

Lo que es obvio es que sus inversiones en diferentes nuevas empresas de carne sintética como Hampton Creek Foods, Memphis Meats, Impossible Foods y Beyond Meat (BYND), tienen un fin lucrativo, como demuestra el crecimiento de sus acciones en BYND DEL 859%. Y esto es solo el principio.

Por otro lado, forma parte del Foro Económico Mundial, y este Foro dentro de la Agenda de Davos 2030, se plantea la sustitución de la carne de vacuno por carne sintética. Parece que está todo controlado. Está donde se deciden las cosas, y donde luego se produce y fabrica lo que se ha decidido.

La carne artificial como sustituto

Representantes del sector cárnico de EEUU y Europa han defendido la gran falacia de que el responsable principal de los gases de efecto invernadero sea la cabaña animal.

Es evidente que la tecnología para crear carne artificial se está desarrollando en la buena dirección y es cuestión de tiempo que se consigan productos más que correctos y “suficientes” para un nuevo consumidor que no tendrá ese hábito o recuerdo en su memoria de cómo es la auténtica carne. En mi opinión ese no es el debate, ya que es un sector que se ha descubierto como muy rentable y se han puesto los cimientos para conseguirlo.

Un ejemplo es Redefine Meat, una empresa israelí que está yendo un paso más allá, para crear con tecnología 3D. Su CEO ya sueña con ofrecer en el mercado este mismo año, filetes deliciosos que nos hagan olvidar la auténtica carne.

Para conseguirlo, utilizan una «tinta» basada en proteínas vegetales que permite imprimir las  capas de fibras y músculos falsos para generar una textura que nos hagan dudar de si se trata de carne natural o artificial, y en este sentido, desarrollarán diferentes técnicas en función del corte o tipo de carne para lograr dicho objetivo.

Hay otros muchos ejemplos como la también israelí Aleph Farms que anunció hace algunas semanas el primer Rib Eye sintético, corte muy demandado en EEUU.

Lo que nadie nos ha contado es el efecto sobre el medioambiente de la producción de este tipo de “alimentos” de dudoso valor nutricional. Y esto es porque realmente no existen estudios en este sentido ya que no hay aún una producción mínimamente suficiente para medir el impacto en la producción de estos alimentos.

No hay duda de que debemos ser conscientes de nuestra forma de vida e intentar minimizar el impacto en el medioambiente, y si la ganadería contribuye al efecto invernadero, y lo hace, se deberán tomar medidas, pero los nuevos productos veganos no son necesariamente mejores para luchar contra el cambio climático, o quizás no todo lo que creemos, máxime cuando van asociados a costosos procesos de producción.

Es cierto que las vacas producen mucho metano, y el metano es uno de los gases implicados en el calentamiento global, peor incluso que el CO2. Pero también es cierto que sólo permanece unos diez o doce años en la atmósfera, algo que probablemente no hayas oído decir a Bill Gates. El dióxido de carbono, en cambio, no desaparece en más de un siglo. Y, en la suma de riesgos, nadie había tenido hasta ahora en cuenta las emisiones de carbono de las futuras fábricas de carne sintética, si es que estas están destinadas a sustituir a la carne convencional.

¿Y si trabajamos en minimizar el impacto de las explotaciones ganaderas en lugar de cambiar el modelo?

Según el veterinario Frank Mitloehner, investigador de la universidad UC Davis, California, el sector ganadero lleva mucho tiempo trabajando para mejorar el impacto medioambiental de las granjas, mejorando el bienestar de las vacas. “Pero tenemos un problema,no lo hemos sabido comunicar, porque los expertos en esta área, los que ordeñan a las vacas, los que están diariamente en el cuidado de estos animales, no son los que hablan, pero los que «odian» a las vacas sí hablan”, afirma Mitloehner.

La tendencia o no sé si llamarlo moda a dejar de consumir carne con el fin de reducir la contaminación ambiental es un hecho, pero la realidad demuestra que no es el principal problema. Por otro lado, los efectos cambian de forma sustancial en función del país y el modelo de producción de ganadería.

Nada tiene que ver por ejemplo el modelo de sistemas de explotación en extensivo o semiextensivo del ganado de carne de la dehesa española y de otras zonas de España con los sistemas super intensivos del cinturón del maíz de Estados Unidos. En España, por ejemplo, la agricultura, ganadería y pesca produjeron en 2018 un total del 14% de todos los gases invernadero, de los cuales el 7% su origen es la ganadería.

Dicho investigador también comentaba hace unas semanas “Si tú comes de todo, vegetales, productos de origen animal… y decides ser vegano por un año, sin ningún producto de origen animal, reducirías tu huella de carbono en 0,8 toneladas por año. Si decides venir a visitarme a California, en EEUU, y vienes en avión, generarás 1,6 toneladas como pasajero. Por lo que siendo vegano reduces 0,8 toneladas al año, pero generas 1,6 toneladas por volar a EEUU solo una vez, por lo que generarías la mitad del impacto en un año de lo que generas en un vuelo transatlántico”.

Este dato se ha visto reafirmado en los meses de pandemia. Durante los primeros 15 días de confinamiento de la sociedad española, se redujo en un 64% la concentración de dióxido de nitrógeno mientras que la agricultura y la ganadería mantuvieron su actividad habitual. 

¿Qué podemos hacer para contribuir a la buena salud del planeta?

Desde luego dejar de comer carne y empezar a comer productos veganos no es la mejor idea. Y es que tenemos ecosistemas milenarios, una población rural que cuida y mantiene el medioambiente y una cultura gastronómica milenaria que hay detrás del mundo de la ganadería. Y razas autóctonas únicas cuya supervivencia depende precisamente de su consumo. De hecho más del 80% de nuestras razas de vacuno están en peligro de extinción. 

Podemos hacer infinitamente mucho más si somos conscientes del efecto negativo sobre el planeta que tiene pedir convulsivamente a domicilio productos que realmente no necesitamos, comprar prendas fabricadas al otro lado del mundo, viajar en avión a otros países atraídos por los irrisorios precios de los billetes, no medir el desperdicio alimentario y un largo etcétera.

Si estuviéramos en un barco con una entrada de agua, qué haríamos. ¿Concentrarnos en reparar el orificio que hará hundir el barco, o construir otro barco?. Podemos inventarnos otras industrias y empezar a cultivar grandes extensiones de soja y productos sustitutivos de la carne, pero no deberíamos primero intentar mejorar las prácticas de la ganadería, como por cierto ya se está investigando desde hace años, como añadir determinados principios activos en la alimentación animal que reduzcan los gases liberados o mejorar la eficiencia de la producción animal.

De otro modo, estaremos en una continua huida hacia adelante y nos podemos encontrar dentro de unos años, que la nueva industria vegana genera una cantidad ingente de gases u otros residuos que ahora desconocemos, que será necesario resolver, cuando ya habremos aniquilado la ganadería que durante toda la historia de la humanidad nos ha alimentado.